SED DE MAL (una visión personal)
Curiosa película dentro de la historia del cine. Destaca el primer
plano secuencia, interminable, seguido con fidelidad por la cámara,
o más bien, siguiendo la cámara los desplazamientos previamente
programados de los personajes a través de los lugares por los que
transitan. Aquí el cineasta controla el espacio, el destino, la
vida de sus protagonistas que se mueven a su dictado.
Comienza con la inquietante cadencia del insidioso transcurrir del
minutero marcando cada segundo por el mecanismo de un reloj acoplado
a una bomba. Sobre el rítmico tic tac que marca el resto del tiempo
y de la vida para quienes, sin saberlo, transportan su propia muerte
se construye la banda sonora a cuyo compás circulan coches, carros,
intervienen policías controlando los cruces y camina, adelantándose
a veces al que luego será coche fúnebre, quedándose a su altura
en otros momentos, la singular pareja compuesta por el policía
mejicano Miguel Vargas y su monumental rubia y esposa norteamericana,
Susan.
La crítica, cuando se ocupa de esta película, destaca los aspectos
estéticos, la genial capacidad de Wells para manejar la cámara,
para acoplar la música que siempre proviene de algún lugar
identificable, de un gramófono en un bar cercano, de la pianola en
el antro que regenta la mujer gitana. Algunos hablan de historia
compleja más inteligible en la versión que el propio Wells consigue
corregir, (puesto que en en el primer montaje el estudio prescinde
de él y de lo que considera sus megalomanías y poco sentido
comercial dando lugar a un desastre lastimoso), mediante una carta de
cincuenta y ocho folios en la que sugiere los cambios y finalmente
los pide, los exige, desde la angustia que le provoca el desaguisado
que han cometido con su obra.
Pero en «Sed de mal» hay una historia, mejor dicho, hay dos
historias, dos hechos criminales que no están relacionados, pero que
coinciden en un momento de su desarrollo en una ciudad de frontera
norteamericana cuando Vargas, (un increíble Charlton Heston
transfigurado en policía mejicano), traspasa la línea entre los dos
países acompañado de su mujer a punto de comenzar un romántico
viaje de novios. Vargas ha metido en la cárcel a un narcotraficante
mejicano que tiene familia y negocios al otro lado de la frontera, la
familia mafiosa quiere acabar con Vargas o al menos, (en aquellos
años las mafias no mataban tan alegremente como ahora, por lo que
parece) impedir que testifique para lo que urden un retorcido plan
de desacreditación que incluirá a su joven esposa, la bellísima,
rubísima, blanquísima Susan, cuya palidez de diosa mitológica
sueca contrasta con el cetrino aspecto que el infame maquillaje ha
conferido al supuesto mejicano, Heston, Vargas.
El coche del principio estalla justo cuando están en el lado
americano, Vargas deduce que la bomba pudo haberse puesto en México
por lo que se dispone a investigar, colaborar, controlar que el
asunto no afecte negativamente a su país.
Aparece Quinland, el policía norteamericano que siempre resuelve los
casos y es aquí, en este momento, cuando comienza el drama, el
juego de sinsentidos, de apariencias, de engaños y sobreentendidos
que acompañan el desarrollo de la historia. Porque «Sed de mal» no
es solo cine negro, sino algo más, es lo que se ve y lo que se
intuye, lo que se dice y lo que se oculta, lo que se vende al público
en forma de entretenimiento y el angustioso alarido de terror, la
llamada de auxilio, de socorro que su director Wells, nos está
transmitiendo a través del film.
¿Un policía mejicano honrado frente a un corrupto policía
estadounidense? ¿Un racista Wells, frente a un dechado de
perfecciones humanas y funcionariales, Vargas?
Quinland, admirado y amado hasta la entrega perruna por su ayudante
Menzies resuelve de inmediato el caso de la bomba, para ello sigue
las pautas lógicas de cualquier profesional investigador y resulta
que la hija del asesinado magnate Linnekar está casada en secreto
con un mejicano de nombre Sánchez vendedor de zapatos al borde de la
miseria, rechazado por el suegro y con contactos con un exconvicto
que trabaja en una mina de la que Quinland supone ha robado la
dinamita, — ¿cómo sabe qué es dinamita? —pregunta Vargas
asombrado— porque me duele la pierna —responde Quinland— y ¿por
qué está seguro de que ha sido Sánchez? —por intuición.
Dicho de otra forma, blanco y en botella…
Y aquí comenzamos a ver al propio Wells explicándose a sí mismo a
través de la película. «Sí, soy un genio, veo cosas y veo las
cosas como los demás no pueden, y hago cine, cine distinto, y los
Vargas del gremio siempre me atosigan preguntándome el cómo y el
porqué. Y no puedo soportarlo, tengo cuarenta y tres años y ya ven
como estoy, gordo, ultra gordo, congestionado por las chocolatinas
que consumo en lugar de los litros de alcohol que dejé hace doce
años, pero a pesar de todo sigo teniendo razón, Sánchez es el
asesino».
Interrogan al tal Sánchez en la casa que comparte con la hija del
magnate muerto. Quinland le da un tortazo, Sánchez se dirige a
Vargas en español, Quinland se indigna, —que yo le entienda—
esa es la ventaja de hablar dos idiomas en un lugar dónde sólo hace
falta uno, parece que Wells adivina el futuro, la segunda lengua facilita la confidencia, el
distanciamiento, la conspiración y si consigue carta de naturaleza
legal en algún territorio norteamericano los hablantes de dos
idiomas se harán con el poder y expulsarán a los que solo hablan
uno. Todo parece muy actual, ahora tantos años después con Trump y sus
ideas en la carrera presidencial.
Wells, por cierto, es racista, lo ha confesado en alguna ocasión,
«no todos somos iguales» no oculta nada. Sánchez no confiesa y
Quinland recurre a su conocido truco de magia para poner término a
lo que no es otra cosa, en su opinión y en su experiencia que
perder el tiempo.
Pone por su cuenta y riesgo dos cartuchos de dinamita en el baño que
él mismo encuentra, claro. Ya está, caso acabado, pero Vargas, el
corriente Vargas, el mediocre funcionario polcial Vargas le ha pillado, él ha estado
antes en el baño y sabe que no estaban allí, los cartuchos los ha
puesto Quinland.
Y ahora comienza la estrategia de demolición, el fiscal, otro
mediocre hasta entonces rendido al gran hombre y policía
norteamericano, ve su oportunidad y es que el genio raramente es
comprendido y siempre es perseguido, «le creo Vargas», y a partir de este momento comienza
la caza.
Acoso y derribo contra Quinland, contra el genial Wells, —
¡mediocres del mundo, unámonos, acabemos con los seres superiores,
derribémoslos de su pedestal y pongámos a uno de nosotros en su
lugar!.
Aquí aparece el otro puntal de la trama que sólo afecta a Vargas.
Joe Grandi es el mafioso con peluquín ridículo del lado
norteamericano que quiere comprometer a Vargas, impedir que
testifique para que a su pariente del otro lado de la frontera «el
pobre no lo resistiría» dice, no le metan en la cárcel,
consiguen llevar a Susan a un motel (parecido al de Psicosis,
película que se haría después) con tronado incluido, (Dennis
Weaver genial), al mando.
Grandi se acerca a Quinland, ahora ambos tienen un enemigo en común,
Menzies el policía seguidor y admirador al que Quinland hace algunos
comentarios despectivos comienza a sentirse preterido por su ídolo,
otro mediocre que no soporta el fulgor a veces insolente del genio.
Quinland vuelve a la bebida preocupado por el chantaje, desprecia a Grandi como desprecia a
todos los delincuentes. De vez en cuando dispone algunas pruebas para
terminar con el malvado en la cárcel, atribulado por la bebida recuerda su propia historia, a
su mujer la mató alguien al que no pudieron atrapar por no disponer
de pruebas sólidas.
El sistema jurídico policial de respeto a ultranza a la ley y a los
derechos humanos muestra su debilidad, su necesidad maníaca de atar
todos los cabos aún en un caso tan evidente como el de su propia
esposa, un sistema, en opinión de Quinland que conduce
inexorablemente al triunfo de la estupidez, puesto que el ganado
reunido en número suficiente y pastoreado por funcionarios con
tendencia a no complicarse la vida y a asegurar los ingresos
mensuales tiende a igualar por abajo acabando con cualquiera que
destaque un palmo sobre la masa informe .
¿Hay trato con Grandi?, solo hasta cierto punto. Quinland necesita
quitarse de en medio la molesta y negruzca mosca mejicana, pero
impondrá sus propias reglas. Grandi, el mafioso, organiza un
encuentro con Quinland en la habitación del hotel en la que tiene
a Susan sedada para que sea encontrada y reconocida por la policía, por el propio Quinland
como una drogadicta y de paso se insinúe la adicción del intachable
Vargas que a partir de ese momento ya no será tan creíble como
testigo.
Quinland, en el interior de la sórdida habitación, sorbe un trago de la botella que lleva en su abrigo y
prepara el escenario. Él no hace tratos, para cuando Grandi se da
cuenta es demasiado tarde. En una escena de extraordinario poder
hipnótico el enorme policía, agigantado por las tomas a baja
altura de la cámara, mueve, levanta a Grandi como si fuera un
muñeco, un pelele. El rostro alcoholizado de Quinland se vuelve por
un momento demoníaco, malvado, implacable, Grandi desprovisto de su
peluca acaba yaciendo a los pies de la cama de la mujer, los ojos
desorbitados, la boca abierta en una patética expresión de terror y muerte.
Encontrarán a la mujer drogada y al delincuente a los pies de su
cama, Vargas quedará desacreditado y él habrá salvado su integridad, al
menos lo que él considera integridad.
Pero Quinland ha cometido el segundo error. Abotargado por el
alcohol, ha olvidado su bastón en la habitación y su antes amigo incondicional Menzies,
tal vez resentido por los desplantes que los mediocres no soportan,
cambia de bando, va con el cuento a Vargas y ambos urden una estratagema para
que Quinland confiese su participación en las tramas de pruebas
falsas que han llevado a muchos delincuentes a la cárcel.
El viejo policía está acabado y lo sabe, o mejor, lo intuye. Acude
al local que regenta una extrañísima gitana de pelo negro como la
noche, de tez pálida como la Luna, de idioma inglés hablado con
acento germano. Una antigua amiga de momentos más felices en la
vida del viejo policía. Sentados a los lados de una mesa bajo una
cabeza de toro disecada y unas fotografías de toreros enmarcadas,
«no tienes futuro» le dice ella con las cartas de tarot desparramadas
de cualquier manera y un cigarro humeante en la boca.
«Tú sólo puedes encajar en un país de locos, tarambanas, de
bailes dolientes, de cantos quejumbrosos como alaridos de posesos,
de procesionales pasos sangrantes, de hombres de andares chulescos
capaces de jugarse la vida ante un toro negro en un juego de muerte
anticipada a la que se puede eludir, con suerte y valentía solo
durante un tiempo escaso, un país en el que cabalga un extraño
personaje que a pesar de no existir, insiste en medir sus fuerzas
con molinos de viento y enredarse en lucha singular con pellejos
rellenos de vino, un país de fantasía donde la realidad es tan
insoportable que acaba por alumbrar un caballero absolutamente
genial. Pero los locos, ya se sabe, tienen tan poco futuro como tú»
El viejo sonríe. El genio, acepta su destino. Luego, ya en el
exterior, Quinland acaba por decir más de lo que le conviene,
engañado por su ahora, falso amigo Menzies.
Se da cuenta del ardid, de la traición, dispara contra Menzies, la
mentira no debe prevalecer, la dictadura de la mediocridad no puede
ser aceptada, él, Quinland, Wells, tiene razón, lo sabe sin
necesidad de otra cosa que su intuición. Es lo que siempre ha hecho
la policía, en el crimen el responsable anda cerca, es alguien a
quien el muerto impide conseguir lo que quiere, o alguien que quiere
poseer lo que tiene, lo que es en sí misma la víctima y que se le
resiste. A veces las pruebas no existen, son endebles y el sistema
judicial acaba por perderse en las estériles discusiones de los
abogados y jueces que sumen al proceso en el letargo de un recorrido
laberíntico que no lleva a parte alguna.
Pero Quinland, como Wells, está acabado, le han ido acorralando
hasta colocarle en el vertedero, al lado del río. Allí llora, no se
arrepiente (el genio no se equivoca) de la que cree muerte de su
amigo. Pero Menzies todavía no ha muerto y es Menzies quien acaba
matándole.
—Después de todo, Quinland tenía razón, fue el yerno el que puso
la bomba, la dinamita que le suministraron desde la mina —el fiscal
se confiesa con la mujer gitana que se aleja caminando afirmando que
digan lo que digan, le recuerden como lo hagan, Quinland siempre fue
un gran hombre.

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