viernes, 9 de marzo de 2018

HUELGA FEMINISTA. ESTRATEGIA DE ALEJANDRO



HUELGA FEMINISTA

No hay que darle vueltas, el feminismo se ha revelado como el factor determinante en la nueva revolución masónica comunista que busca la destrucción de occidente. La estrategia revolucionaria  del secular marxismo que utiliza el feminismo para sus fines ha ido evolucionando desde hace unas décadas en función de lo que la sociedad (incluyendo las mujeres) estaba dispuesta a admitir en cada momento.

Primero fue el control de natalidad. El afeamiento de la conducta de aquellos matrimonios (a los varones se les consideraba responsables del impenitente asalto al cuerpo de la pobre mujer de casa) que tenían más de tres hijos y cuyo sustento y cuidado era complicado para las personas de la llamada clase baja, amén del calvario que la sucesión de embarazos y partos significaba para la esposa madre. Luego, casi de inmediato la publicidad de medios y métodos anticonceptivos para evitar embarazos. Una vez conseguido esto el siguiente paso ha sido el aborto libre y gratuito. Ahora estamos ya ante el asalto definitivo al poder absoluto.

La huelga es plena en significados: despótica preeminencia de la mujer sobre el hombre,  necesaria igualación en puestos directivos de empresas y sociedades anónimas y otros similares. Todo ha adquirido ya la imparable velocidad de un camión descendiendo un puerto sin frenos,  lo que nos llevará en un corto plazo de tiempo a la feminización de la sociedad occidental como paso previo a la revolución final.

Esa es la revolución en marcha, una revolución psicológica y propagandista que probablemente acabe siendo más efectiva que los anteriores intentos a cargo de grupos armados y partidos políticos de izquierdas. Por supuesto que los partidos del cambio, del progreso (qué tipo de cambio no importa; progreso dudoso que parece llevarnos hasta el abismo, tampoco) el caso es que todo cambie, que todo avance, que nada sea duradero. Estos partidos al frente de los cuales se sitúan, de momento, varones agresivos piensan luego, una vez destruido el sistema, comandar (como el recordado comandante) el dislate, la ruina de todos y todas al modo venezolano del que no nos llegan demasiadas noticias y las pocas que llegan nos ponen los pelos de punta.

Pero así son las cosas. La estrategia militar del feminismo es invencible. Históricamente la utilizó Alejandro Magno en la conquista de Persia. Se conoce como el martillo y el yunque.

Básicamente consistía en disponer una extensa línea formada por la famosa falange macedonia armada con larguísimas picas contra la que se estrellaba el ataque persa. La falange solo contenía, su misión era no ceder, podía retroceder, pero nunca romperse. Ese era el yunque, un yunque poderoso a la vez que flexible y contra ese yunque el martillo, la caballería de Alejandro, manejada con la fuerza, rapidez y elasticidad con la que un herrero golpea la pieza al rojo vivo, acababa por destrozar cualquier ejército por poderoso que fuese.

El yunque feminista es la contradictoria y supuesta fuerza a la vez que reconocida debilidad de la mujer. La mujer es como el hombre, tan fuerte, tan capaz como él, al mismo tiempo que es débil, sufre asaltos, violaciones, ataques físicos en el hogar, por lo que a la vez que se le reconoce la absoluta igualdad a renglón seguido resulta que necesita protección especial. Buses nocturnos que paran  a requerimiento de solitarias mujeres que vuelven de madrugada a sus hogares, policías de escolta, leyes especiales que sitúan todo el entramado jurídico policial a su servicio. 

Una mujer envuelta en lágrimas en un telediario cualquiera es el yunque sobre el que el marido, culpable o no, acabará reducido a pulpa sanguinolenta por la caballería feminista mediática.

Una mujer desnuda no provoca, solo ejerce el derecho femenino a disponer de su cuerpo como le parezca. Nueva contradicción que genera el estado de desconcierto propio del varón occidental ante la evidente llamada sexual (consciente o no; cualquiera sabe) de la hembra de la especie desnuda o semidesnuda. Confusión que no parece importar al varón musulmán o africano que llega atraído a estos curiosos predios occidentales  por la promesa de los organizadores de eventos y tránsitos marinos. Allí todo el monte es orégano les dicen y prometen; y aquí vienen y viendo lo que ven no dudan. Lo que para el hombre blanco diluido en los oxidantes principios de la nueva cultura (feminista) es pasmo, sorpresa, incomprensión: ¿qué pretende esa señora con el cuerpo desnudo?, y ante la duda presiente que puede tratarse de una trampa mortal, para el inmigrante es simple invitación al apareamiento.