HUELGA FEMINISTA
No hay que darle vueltas, el feminismo se ha revelado como
el factor determinante en la nueva revolución masónica comunista que busca la
destrucción de occidente. La estrategia revolucionaria del secular marxismo que utiliza el feminismo
para sus fines ha ido evolucionando desde hace unas décadas en función de lo
que la sociedad (incluyendo las mujeres) estaba dispuesta a admitir en cada
momento.
Primero fue el control de natalidad. El afeamiento de la
conducta de aquellos matrimonios (a los varones se les consideraba responsables
del impenitente asalto al cuerpo de la pobre mujer de casa) que tenían más de
tres hijos y cuyo sustento y cuidado era complicado para las personas de la
llamada clase baja, amén del calvario que la sucesión de embarazos y partos significaba
para la esposa madre. Luego, casi de inmediato la publicidad de medios y
métodos anticonceptivos para evitar embarazos. Una vez conseguido esto el
siguiente paso ha sido el aborto libre y gratuito. Ahora estamos ya ante el
asalto definitivo al poder absoluto.
La huelga es plena en significados: despótica preeminencia
de la mujer sobre el hombre, necesaria
igualación en puestos directivos de empresas y sociedades anónimas y otros
similares. Todo ha adquirido ya la imparable velocidad de un camión
descendiendo un puerto sin frenos, lo
que nos llevará en un corto plazo de tiempo a la feminización de la sociedad
occidental como paso previo a la revolución final.
Esa es la revolución en marcha, una revolución psicológica y
propagandista que probablemente acabe siendo más efectiva que los anteriores
intentos a cargo de grupos armados y partidos políticos de izquierdas. Por
supuesto que los partidos del cambio, del progreso (qué tipo de cambio no
importa; progreso dudoso que parece llevarnos hasta el abismo, tampoco) el caso
es que todo cambie, que todo avance, que nada sea duradero. Estos partidos al
frente de los cuales se sitúan, de momento, varones agresivos piensan luego,
una vez destruido el sistema, comandar (como el recordado comandante) el dislate,
la ruina de todos y todas al modo venezolano del que no nos llegan demasiadas
noticias y las pocas que llegan nos ponen los pelos de punta.
Pero así son las cosas. La estrategia militar del feminismo
es invencible. Históricamente la utilizó Alejandro Magno en la conquista de
Persia. Se conoce como el martillo y el yunque.
Básicamente consistía en disponer una extensa línea formada
por la famosa falange macedonia armada con larguísimas picas contra la que se
estrellaba el ataque persa. La falange solo contenía, su misión era no ceder,
podía retroceder, pero nunca romperse. Ese era el yunque, un yunque poderoso a
la vez que flexible y contra ese yunque el martillo, la caballería de Alejandro,
manejada con la fuerza, rapidez y elasticidad con la que un herrero golpea la
pieza al rojo vivo, acababa por destrozar cualquier ejército por poderoso que
fuese.
El yunque feminista es la contradictoria y supuesta fuerza a
la vez que reconocida debilidad de la mujer. La mujer es como el hombre, tan
fuerte, tan capaz como él, al mismo tiempo que es débil, sufre asaltos,
violaciones, ataques físicos en el hogar, por lo que a la vez que se le
reconoce la absoluta igualdad a renglón seguido resulta que necesita
protección especial. Buses nocturnos que paran
a requerimiento de solitarias mujeres que vuelven de madrugada a sus
hogares, policías de escolta, leyes especiales que sitúan todo el entramado
jurídico policial a su servicio.
Una mujer envuelta en lágrimas en un telediario cualquiera
es el yunque sobre el que el marido, culpable o no, acabará reducido a pulpa
sanguinolenta por la caballería feminista mediática.
Una mujer desnuda no provoca, solo ejerce el derecho
femenino a disponer de su cuerpo como le parezca. Nueva contradicción que
genera el estado de desconcierto propio del varón occidental ante la evidente
llamada sexual (consciente o no; cualquiera sabe) de la hembra de la especie
desnuda o semidesnuda. Confusión que no parece importar al varón musulmán o
africano que llega atraído a estos curiosos predios occidentales por la promesa de los organizadores de eventos
y tránsitos marinos. Allí todo el monte es orégano les dicen y prometen; y aquí
vienen y viendo lo que ven no dudan. Lo que para el hombre blanco diluido en
los oxidantes principios de la nueva cultura (feminista) es pasmo, sorpresa,
incomprensión: ¿qué pretende esa señora con el cuerpo desnudo?, y ante la duda
presiente que puede tratarse de una trampa mortal, para el inmigrante es simple
invitación al apareamiento.