viernes, 20 de mayo de 2016

EL VIEJO WELLS









SED DE MAL (una visión personal)
Curiosa película dentro de la historia del cine. Destaca el primer plano secuencia, interminable, seguido con fidelidad por la cámara, o más bien, siguiendo la cámara los desplazamientos previamente programados de los personajes a través de los lugares por los que transitan. Aquí el cineasta controla el espacio, el destino, la vida de sus protagonistas que se mueven a su dictado.
Comienza con la inquietante cadencia del insidioso transcurrir del minutero marcando cada segundo por el mecanismo de un reloj acoplado a una bomba. Sobre el rítmico tic tac que marca el resto del tiempo y de la vida para quienes, sin saberlo, transportan su propia muerte se construye la banda sonora a cuyo compás circulan coches, carros, intervienen policías controlando los cruces y camina, adelantándose a veces al que luego será coche fúnebre, quedándose a su altura en otros momentos, la singular pareja compuesta por el policía mejicano Miguel Vargas y su monumental rubia y esposa norteamericana, Susan.
La crítica, cuando se ocupa de esta película, destaca los aspectos estéticos, la genial capacidad de Wells para manejar la cámara, para acoplar la música que siempre proviene de algún lugar identificable, de un gramófono en un bar cercano, de la pianola en el antro que regenta la mujer gitana. Algunos hablan de historia compleja más inteligible en la versión que el propio Wells consigue corregir, (puesto que en en el primer montaje el estudio prescinde de él y de lo que considera sus megalomanías y poco sentido comercial dando lugar a un desastre lastimoso), mediante una carta de cincuenta y ocho folios en la que sugiere los cambios y finalmente los pide, los exige, desde la angustia que le provoca el desaguisado que han cometido con su obra.
Pero en «Sed de mal» hay una historia, mejor dicho, hay dos historias, dos hechos criminales que no están relacionados, pero que coinciden en un momento de su desarrollo en una ciudad de frontera norteamericana cuando Vargas, (un increíble Charlton Heston transfigurado en policía mejicano), traspasa la línea entre los dos países acompañado de su mujer a punto de comenzar un romántico viaje de novios. Vargas ha metido en la cárcel a un narcotraficante mejicano que tiene familia y negocios al otro lado de la frontera, la familia mafiosa quiere acabar con Vargas o al menos, (en aquellos años las mafias no mataban tan alegremente como ahora, por lo que parece) impedir que testifique para lo que urden un retorcido plan de desacreditación que incluirá a su joven esposa, la bellísima, rubísima, blanquísima Susan, cuya palidez de diosa mitológica sueca contrasta con el cetrino aspecto que el infame maquillaje ha conferido al supuesto mejicano, Heston, Vargas.
El coche del principio estalla justo cuando están en el lado americano, Vargas deduce que la bomba pudo haberse puesto en México por lo que se dispone a investigar, colaborar, controlar que el asunto no afecte negativamente a su país.
Aparece Quinland, el policía norteamericano que siempre resuelve los casos y es aquí, en este momento, cuando comienza el drama, el juego de sinsentidos, de apariencias, de engaños y sobreentendidos que acompañan el desarrollo de la historia. Porque «Sed de mal» no es solo cine negro, sino algo más, es lo que se ve y lo que se intuye, lo que se dice y lo que se oculta, lo que se vende al público en forma de entretenimiento y el angustioso alarido de terror, la llamada de auxilio, de socorro que su director Wells, nos está transmitiendo a través del film.
¿Un policía mejicano honrado frente a un corrupto policía estadounidense? ¿Un racista Wells, frente a un dechado de perfecciones humanas y funcionariales, Vargas?
Quinland, admirado y amado hasta la entrega perruna por su ayudante Menzies resuelve de inmediato el caso de la bomba, para ello sigue las pautas lógicas de cualquier profesional investigador y resulta que la hija del asesinado magnate Linnekar está casada en secreto con un mejicano de nombre Sánchez vendedor de zapatos al borde de la miseria, rechazado por el suegro y con contactos con un exconvicto que trabaja en una mina de la que Quinland supone ha robado la dinamita, — ¿cómo sabe qué es dinamita? —pregunta Vargas asombrado— porque me duele la pierna —responde Quinland— y ¿por qué está seguro de que ha sido Sánchez? —por intuición.
Dicho de otra forma, blanco y en botella…
Y aquí comenzamos a ver al propio Wells explicándose a sí mismo a través de la película. «Sí, soy un genio, veo cosas y veo las cosas como los demás no pueden, y hago cine, cine distinto, y los Vargas del gremio siempre me atosigan preguntándome el cómo y el porqué. Y no puedo soportarlo, tengo cuarenta y tres años y ya ven como estoy, gordo, ultra gordo, congestionado por las chocolatinas que consumo en lugar de los litros de alcohol que dejé hace doce años, pero a pesar de todo sigo teniendo razón, Sánchez es el asesino».
Interrogan al tal Sánchez en la casa que comparte con la hija del magnate muerto. Quinland le da un tortazo, Sánchez se dirige a Vargas en español, Quinland se indigna, —que yo le entienda— esa es la ventaja de hablar dos idiomas en un lugar dónde sólo hace falta uno, parece que Wells adivina el futuro, la segunda lengua facilita la confidencia, el distanciamiento, la conspiración y si consigue carta de naturaleza legal en algún territorio norteamericano los hablantes de dos idiomas se harán con el poder y expulsarán a los que solo hablan uno. Todo parece muy actual, ahora tantos años después con Trump y sus ideas en la carrera presidencial.
Wells, por cierto, es racista, lo ha confesado en alguna ocasión, «no todos somos iguales» no oculta nada. Sánchez no confiesa y Quinland recurre a su conocido truco de magia para poner término a lo que no es otra cosa, en su opinión y en su experiencia que perder el tiempo.
Pone por su cuenta y riesgo dos cartuchos de dinamita en el baño que él mismo encuentra, claro. Ya está, caso acabado, pero Vargas, el corriente Vargas, el mediocre funcionario polcial Vargas le ha pillado, él ha estado antes en el baño y sabe que no estaban allí, los cartuchos los ha puesto Quinland.
Y ahora comienza la estrategia de demolición, el fiscal, otro mediocre hasta entonces rendido al gran hombre y policía norteamericano, ve su oportunidad y es que el genio raramente es comprendido y siempre es perseguido, «le creo Vargas», y a partir de este momento comienza la caza.
Acoso y derribo contra Quinland, contra el genial Wells, — ¡mediocres del mundo, unámonos, acabemos con los seres superiores, derribémoslos de su pedestal y pongámos a uno de nosotros en su lugar!.
Aquí aparece el otro puntal de la trama que sólo afecta a Vargas. Joe Grandi es el mafioso con peluquín ridículo del lado norteamericano que quiere comprometer a Vargas, impedir que testifique para que a su pariente del otro lado de la frontera «el pobre no lo resistiría» dice, no le metan en la cárcel, consiguen llevar a Susan a un motel (parecido al de Psicosis, película que se haría después) con tronado incluido, (Dennis Weaver genial), al mando.
Grandi se acerca a Quinland, ahora ambos tienen un enemigo en común, Menzies el policía seguidor y admirador al que Quinland hace algunos comentarios despectivos comienza a sentirse preterido por su ídolo, otro mediocre que no soporta el fulgor a veces insolente del genio.
Quinland vuelve a la bebida preocupado por el chantaje, desprecia a Grandi como desprecia a todos los delincuentes. De vez en cuando dispone algunas pruebas para terminar con el malvado en la cárcel, atribulado por la bebida recuerda su propia historia, a su mujer la mató alguien al que no pudieron atrapar por no disponer de pruebas sólidas.
El sistema jurídico policial de respeto a ultranza a la ley y a los derechos humanos muestra su debilidad, su necesidad maníaca de atar todos los cabos aún en un caso tan evidente como el de su propia esposa, un sistema, en opinión de Quinland que conduce inexorablemente al triunfo de la estupidez, puesto que el ganado reunido en número suficiente y pastoreado por funcionarios con tendencia a no complicarse la vida y a asegurar los ingresos mensuales tiende a igualar por abajo acabando con cualquiera que destaque un palmo sobre la masa informe .
¿Hay trato con Grandi?, solo hasta cierto punto. Quinland necesita quitarse de en medio la molesta y negruzca mosca mejicana, pero impondrá sus propias reglas. Grandi, el mafioso, organiza un encuentro con Quinland en la habitación del hotel en la que tiene a Susan sedada para que sea encontrada y reconocida por la policía, por el propio Quinland como una drogadicta y de paso se insinúe la adicción del intachable Vargas que a partir de ese momento ya no será tan creíble como testigo.
Quinland, en el interior de la sórdida habitación, sorbe un trago de la botella que lleva en su abrigo y prepara el escenario. Él no hace tratos, para cuando Grandi se da cuenta es demasiado tarde. En una escena de extraordinario poder hipnótico el enorme policía, agigantado por las tomas a baja altura de la cámara, mueve, levanta a Grandi como si fuera un muñeco, un pelele. El rostro alcoholizado de Quinland se vuelve por un momento demoníaco, malvado, implacable, Grandi desprovisto de su peluca acaba yaciendo a los pies de la cama de la mujer, los ojos desorbitados, la boca abierta en una patética expresión de terror y muerte. Encontrarán a la mujer drogada y al delincuente a los pies de su cama, Vargas quedará desacreditado y él habrá salvado su integridad, al menos lo que él considera integridad.
Pero Quinland ha cometido el segundo error. Abotargado por el alcohol, ha olvidado su bastón en la habitación y su antes amigo incondicional Menzies, tal vez resentido por los desplantes que los mediocres no soportan, cambia de bando, va con el cuento a Vargas y ambos urden una estratagema para que Quinland confiese su participación en las tramas de pruebas falsas que han llevado a muchos delincuentes a la cárcel.
El viejo policía está acabado y lo sabe, o mejor, lo intuye. Acude al local que regenta una extrañísima gitana de pelo negro como la noche, de tez pálida como la Luna, de idioma inglés hablado con acento germano. Una antigua amiga de momentos más felices en la vida del viejo policía. Sentados a los lados de una mesa bajo una cabeza de toro disecada y unas fotografías de toreros enmarcadas, «no tienes futuro» le dice ella con las cartas de tarot desparramadas de cualquier manera y un cigarro humeante en la boca.
«Tú sólo puedes encajar en un país de locos, tarambanas, de bailes dolientes, de cantos quejumbrosos como alaridos de posesos, de procesionales pasos sangrantes, de hombres de andares chulescos capaces de jugarse la vida ante un toro negro en un juego de muerte anticipada a la que se puede eludir, con suerte y valentía solo durante un tiempo escaso, un país en el que cabalga un extraño personaje que a pesar de no existir, insiste en medir sus fuerzas con molinos de viento y enredarse en lucha singular con pellejos rellenos de vino, un país de fantasía donde la realidad es tan insoportable que acaba por alumbrar un caballero absolutamente genial. Pero los locos, ya se sabe, tienen tan poco futuro como tú»
El viejo sonríe. El genio, acepta su destino. Luego, ya en el exterior, Quinland acaba por decir más de lo que le conviene, engañado por su ahora, falso amigo Menzies.
Se da cuenta del ardid, de la traición, dispara contra Menzies, la mentira no debe prevalecer, la dictadura de la mediocridad no puede ser aceptada, él, Quinland, Wells, tiene razón, lo sabe sin necesidad de otra cosa que su intuición. Es lo que siempre ha hecho la policía, en el crimen el responsable anda cerca, es alguien a quien el muerto impide conseguir lo que quiere, o alguien que quiere poseer lo que  tiene, lo que es en sí misma la víctima y que se le resiste. A veces las pruebas no existen, son endebles y el sistema judicial acaba por perderse en las estériles discusiones de los abogados y jueces que sumen al proceso en el letargo de un recorrido laberíntico que no lleva a parte alguna.
Pero Quinland, como Wells, está acabado, le han ido acorralando hasta colocarle en el vertedero, al lado del río. Allí llora, no se arrepiente  (el genio no se equivoca) de la que cree muerte de su amigo. Pero Menzies todavía no ha muerto y es Menzies quien acaba matándole.
—Después de todo, Quinland tenía razón, fue el yerno el que puso la bomba, la dinamita que le suministraron desde la mina —el fiscal se confiesa con la mujer gitana que se aleja caminando afirmando que digan lo que digan, le recuerden como lo hagan, Quinland siempre fue un gran hombre.
Y es que al genio sólo lo reconocen y él sólo se entiende con las gentes del duende y con duende.


miércoles, 13 de abril de 2016

CAMINANDO EN EL LABERINTO DE LA WEB

La web aparece como un intrincado sistema de publicaciones, textos que nos envían a otras publicaciones y que se denominan hiper-textos , imágenes, vídeos, enlaces, en definitiva un gigantesco archivo digital en el que el ser humano está descargando ingentes cantidades de conocimiento y energía. Si este trasvase de inteligencia biológica a una no muy bien comprendida inteligencia digital, será o no positivo, no está muy claro. Lo que resulta evidente es que el siglo XXI ha amanecido digital y es necesario conocer y manejar o manejarse en los mundos de Internet y de la Web que, al menos a corto plazo, parece que son los que van a definir el futuro.

Algunos de los pioneros son estos.

Ted Nelson





A Nelson se le atribuye la creación del hipertexto e hipermedia, y el proyecto Xanadu. Todo puede
leerse en el enlace anterior a la fotografía.

Si bien los avances de Internet y la Web responden a gran cantidad de iniciativas  y a muchas personas, el premio Príncipe de Asturias del año 2002 puede ser una referencia válida para situarnos en el camino correcto que debemos seguir a través de los pioneros que hicieron posible el comienzo de Internet y diferenciarlo de ese fenomenal invento que denominamos la Web. 

Tres de los premiados están directamente relacionados con Internet, su comienzo y su desarrollo gracias al lenguaje que ellos crearon TCP/IP. Algo así como que a través de ese nuevo idioma, dos máquinas consiguieron comunicarse a través del teléfono.

Lawrence Roberts, Robert Khan y Vinton Cerf.
Junto a ellos Tim Berners-Lee, el creador de la Web, que consiguió que toda la información estuviera a disposición de todos sin necesidad de descolgar el teléfono.





Video de introducción al mundo de la Web.